top of page
Logotipo__ICONO BLANCO.png

¿Qué significa aprender realmente?


El aprendizaje no solamente sucede en el aula. De hecho, tú aprendes todos los días. Y sí, aunque suene cliché, así es.


El aprendizaje es, básicamente, una forma en la que tu cerebro hace que sobrevivas. Lo hemos usado para pasar exámenes y para muchas otras cosas, pero su fundamento biológico no es académico: es sobrevivir. Aprendemos porque necesitamos adaptarnos.

Cuando eras niño, tuviste que aprender cómo se sienten los diferentes tipos de piso. No es lo mismo caminar sobre concreto que caminar sobre lodo mojado, donde puedes resbalarte. Tú aprendiste cómo era ese material y ajustaste tu conducta a ese conocimiento. Y justo ahí podemos empezar a llamar a algo “aprendizaje”: no es solo memorizar información ni tener una idea superficial, sino que tu mente y tu comportamiento se ajusten a ese conocimiento nuevo.


Tú aprendes toda la vida. Todos los cerebros aprenden.


Es importante entender que, así como en el ejercicio físico, el proceso básico es similar para todos. Cuando alguien entrena, sus músculos crecen mediante ciertos principios biológicos que se repiten entre personas. Sin embargo, la forma en que cada quien entrena puede verse muy distinta. Habrá bailarines que tonifiquen sus músculos bailando, personas que prefieran levantar pesas, otras que corran. La forma externa cambia, pero el estímulo interno sigue principios parecidos.


Con el aprendizaje sucede algo similar. Los principios que lo rigen son universales, pero la experiencia puede variar muchísimo dependiendo de tu personalidad, tus gustos y cómo decides recorrer ese proceso.


A grandes rasgos, para aprender necesitas exposición real a la información. Necesitas conocer el tema desde distintos ángulos. Así como de niño conociste el piso porque lo tocaste, lo viste y lo experimentaste, así también necesitas experimentar la información.

En el caso del idioma, por ejemplo, no basta con memorizar una traducción. Necesitas ver las palabras en diferentes contextos, observar cómo se usan, permitirte cierta incertidumbre. Aprendes verdaderamente cuando puedes comprender algo en múltiples situaciones, sin depender siempre de traducirlo.


También necesitas repetición. Cuando empezaste a gatear, no fue a la primera. No entendiste de inmediato cómo coordinar tu cuerpo. Pasaste tiempo practicando, intentando, cayéndote, ajustando. Eso es aprendizaje: repetición con ajuste.

Y aquí entra algo fundamental: la retroalimentación. Si un bebé intentara moverse en un entorno donde no importa cómo lo haga —donde no haya consecuencias ni ajuste— probablemente no desarrollaría la misma coordinación. La retroalimentación le dice al cerebro qué funciona y qué no. En el idioma pasa igual: necesitas intentar, equivocarte, ajustar. La retroalimentación puede venir de un profesor o puede ser autónoma, pero tiene que existir.


Finalmente, cuando somos adultos, todo este proceso puede volverse más eficiente gracias a la metacognición. La metacognición es la capacidad de observar nuestro propio proceso de aprendizaje. En lugar de etiquetarnos como “soy malo” o “soy bueno”, entendemos que es nuestro cerebro ajustándose a una tarea. Empezamos a observar qué estamos haciendo, qué funciona, qué no, y le damos a nuestro cerebro la retroalimentación que necesita para mejorar.


Aprender no es un talento. Es un proceso biológico que todos tenemos. La diferencia está en qué tan conscientes somos de cómo funciona y qué tan intencionalmente decidimos entrenarlo.


Referencias

  • Bjork, R. A., Dunlosky, J., & Kornell, N. (2013). Self-regulated learning: Beliefs, techniques, and illusions. Annual Review of Psychology, 64, 417–444.

  • Brown, P. C., Roediger, H. L., & McDaniel, M. A. (2014). Make It Stick: The Science of Successful Learning. Harvard University Press.

  • Kolb, D. A. (1984). Experiential Learning: Experience as the Source of Learning and Development. Prentice Hall.

  • Oakley, B. (2014). A Mind for Numbers. TarcherPerigee.

  • Vygotsky, L. S. (1978). Mind in Society. Harvard University Press.

  • Flavell, J. H. (1979). Metacognition and cognitive monitoring. American Psychologist, 34(10), 906–911.

 
 
 

Comments


bottom of page